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Probablemente saber qué piensa nuestro perro de nosotros es una de las curiosidades más habituales entre los cuidadores. Los investigadores también se han planteado esta duda y para resolverla se han iniciado diferentes investigaciones.

En concreto, deseamos saber si nuestro perro nos quiere tanto como nosotros lo queremos a él. Claro que intuimos cuál es la respuesta, pero mucho mejor si es posible conseguir una confirmación basada en la ciencia.

Estudiando la mente canina

La historia de convivencia entre perros y humanos se remonta miles de años. Se habla incluso de 40 000. Pero no ha sido hasta hace relativamente poco tiempo que la ciencia ha permitido estudiar el comportamiento canino con base científica.

Para ello se ha empleado la resonancia magnética, una prueba utilizada con frecuencia tanto en la medicina humana como en la veterinaria. Permite obtener imágenes del interior del cerebro y estudiar su actividad observando los cambios en el flujo sanguíneo.

El inconveniente es que requiere que el perro esté despierto, pero completamente quieto, para que los resultados sean válidos. No son estudios que puedan realizarse con el perro sedado. Por eso antes de iniciar cualquier investigación se hace imprescindible entrenar a los perros participantes para que soporten la resonancia.

Anatomía del cerebro del perro

Uno de los investigadores del cerebro canino, Stanley Coren, quien también ha recurrido a la resonancia magnética para estudiar la actividad cerebral del perro, ha explicado las funciones de las que se encargan las distintas zonas del cerebro:

  • Telencéfalo: es la parte frontal. Interpreta la información procedente de los sentidos y genera el carácter del perro y su comportamiento en sociedad.
  • Diencéfalo: se encarga de las funciones básicas, incluyendo, también, información de los sentidos. Es una parte bien desarrollada, lo que explica la agilidad y los reflejos rápidos de los perros, además de su fino oído.
  • Metencéfalo: se responsabiliza de la regulación del flujo sanguíneo y del pulso, además de ser el llamado centro de recompensa y de juego.
  • Bulbo raquídeo: regula funciones involuntarias como la digestión, los latidos del corazón, la respiración, la deglución o los estornudos. Ya se desarrolla antes de nacer.
  • Cuerpo calloso: facilita la comunicación entre las dos mitades del cerebro. Su tamaño y la velocidad a la que se produce la interacción varían en función de la raza.

La reacción del perro a los olores

La investigación realizada recurrió al olfato del perro, ya que es su sentido más desarrollado. A los perros participantes se les expuso al olor de personas familiares y al de otras completamente desconocidas. Como podemos esperar, el cerebro del perro se activaba con los olores de sus familiares, pero no ante los desconocidos.

En concreto se ponía en funcionamiento una zona del cerebro denominada núcleo caudado, que se relaciona con la memoria emocional. Por eso se activa como reacción al contacto con olores familiares. Por lo tanto, el modelo mental de los perros incluye el reconocimiento de sus personas importantes, cuyo recuerdo persiste aunque no estén presentes.

La interpretación de este dato es que el perro nos sitúa en un lugar preferente en la clasificación de los valores que considera positivos. Esto coincide con las observaciones de los etólogos que han afirmado que para los perros somos su referente, por encima de miembros de su especie. Si sienten miedo o necesidad, buscan en primer lugar a su cuidador.

¿Los perros nos quieren?

Las investigaciones realizadas por el neurocientífico Gregory Berns lo han llevado a afirmar que, definitivamente, la relación con nuestros perros no es unidireccional. Los perros son animales con una elevada inteligencia emocional y social, lo que les permite mantener con nosotros una relación recíproca.

En otras palabras, la ciencia ha demostrado que tienen sentimientos hacia nosotros. Berns incluso señala literalmente que los perros están pensando lo que nosotros estamos pensando. Estos datos coinciden con la impresión generalizada de que el perro es nuestro mejor amigo. Stanley Coren sigue esta misma línea de pensamiento.

Según él, los perros disponen de estructuras cerebrales que se sabe que producen emociones en las personas, además de sufrir cambios químicos similares. También segregan oxitocina, que es conocida como la hormona del amor. Por todo ello no es una locura atribuirles emociones parecidas a las que experimentamos nosotros.

¿Cómo quieren los perros?

Todos los datos extraídos de los distintos estudios realizados han servido para atribuirle al perro una capacidad emocional comparable a la de un niño de dos años. Por lo tanto, pueden querernos y experimentar sentimientos que conocemos bien, como alegría, miedo, enfado o pánico.

Pero, al igual que los niños más pequeños, no pueden desarrollar emociones más complejas, como la vergüenza o la culpabilidad, por mucho que los cuidadores queramos ver arrepentimiento cuando los sorprendemos en alguna trastada.

Bibliografía
Berns, Gregory. 2013. How Dogs Love Us: A Neuroscientist and His Adopted Dog Decode the Canine Brain. New York: New Harvest.
Coren, Stanley. 1995. The Intelligence of Dogs: A Guide To The Thoughts, Emotions, And Inner Lives Of Our Canine Companions. New York: Bantam Books.