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Pododermatitis en perros - Síntomas y tratamiento

La pododermatitis es una patología que puede afectar a los pies y a las manos de los perros. Al tratarse de una parte del cuerpo en continuo contacto con el suelo resulta especialmente vulnerable.

Por ello debemos vigilar esta zona de manera regular. Si encontramos alguna alteración, como la pododermatitis, tendremos que buscar asistencia veterinaria. Retrasarlo podría agravar los síntomas en nuestro perro perjudicando su salud.

¿Qué es la pododermatitis?

La pododermatitis se define como la inflamación de los pies y de las manos, en concreto de los espacios que se encuentran entre los dedos, que se denominan interdigitales. Detrás de esta inflamación podemos encontrarnos causas muy diferentes.

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¿Qué produce la pododermatitis?

Las causas más habituales de pododermatitis en perros son traumatismos, es decir, golpes en los pies o las manos, o la presencia de cuerpos extraños como piedras, astillas, cristales, etc. que pueden provocar lesiones de mayor o menor gravedad.

Pero hay otras causas como las siguientes:

  • Dermatitis por contacto, que es la inflamación que se produce cuando la piel reacciona a la presencia de diversos irritantes como productos de limpieza, plantas, etc.
  • Alergias, en las que el sistema inmunitario reacciona exageradamente a sustancias que, a priori, no suponen un peligro real para la salud.
  • Parásitos como los ácaros de la sarna.
  • Hongos.
  • Enfermedades de origen endocrino como el hipotiroidismo.
  • Enfermedades autoimnunes en las que el sistema inmunitario ataca a su propio cuerpo.
  • Aparición de quistes en la zona interdigital.
  • Los perros con problemas psicológicos también pueden lamerse compulsivamente los pies al punto de causar la pododermatitis.

¿Qué razas sufren pododermatitis con mayor frecuencia?

Cualquier perro puede verse afectado pero, como suele originarse por golpes o cuerpos extraños, tendrán mayor probabilidad de sufrir pododermatitis aquellos con una vida más activa que salten, corran o transiten zonas pedregosas, boscosas o, en general, cualquier terreno más o menos abrupto.

Así, será más fácil que observemos pododermatitis en perros que se dedican a la caza, a las carreras o a guiar el ganado, simplemente por estar más expuestos a lesiones en sus pies y manos por sus condiciones de vida.

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Síntomas de pododermatitis en perros

A continuación veremos cuáles son los signos más frecuentes que nos pueden indicar que el perro está padeciendo pododermatitis. Podemos observarlos en una o más patas y son los siguientes:

  • Enrojecimiento de la zona interdigital.
  • Inflamación de los pies que puede llegar a afectar a las patas.
  • Nódulos.
  • Heridas o ampollas.
  • Secreciones que pueden contener sangre.
  • Cojera debido al dolor.
  • Oscurecimiento del pelo de la zona consecuencia del lamido frecuente.
  • Este lamido excesivo acaba por provocar la caída del pelo.
  • Al inflamarse la zona, es posible que surjan complicaciones que agraven el cuadro como las infecciones bacterianas.

¿Cómo sé si mi perro tiene pododermatitis?

Cualquiera de los síntomas que hemos descrito es motivo de consulta veterinaria. Es este profesional quien nos va a poder confirmar o descartar el diagnóstico. Como son tantas las causas que pueden estar detrás de la pododermatitis es necesario acertar con el diagnóstico.

Dicho de otra manera, es fácil identificar la pododermatitis porque no es más que la inflamación de la zona interdigital. Lo complicado es determinar la causa que la ha provocado. El número de patas afectadas puede darnos una pista. Así, si la pododermatitis solo está en una es más fácil que se deba a un cuerpo extraño o un golpe.

En cambio, cuando nos encontramos con más de una pata en mal estado, el diagnóstico más probable será alguna enfermedad sistémica como puede ser una alergia, la sarna o problemas autoinmunes.

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¿Cómo se diagnostica la pododermatitis?

Para descubrir qué ha causado la pododermatitis el veterinario puede examinar pelo y piel en la búsqueda de parásitos. Una analítica de sangre puede revelarnos la existencia de enfermedades sistémicas. También es posible tomar una muestra y solicitar una biopsia. Existen pruebas y dietas de eliminación para detectar posibles alérgenos.

¿Cuál es el tratamiento para la pododermatitis?

Lógicamente, el tratamiento va a depender de la causa desencadenante de la pododermatitis, de ahí la importancia de confirmar el diagnóstico.

Destacamos las siguientes pautas orientadas hacia la recuperación:

  • Si hay infección bacteriana los antibióticos son imprescindibles. En cambio, si lo que se encuentran son hongos, el tratamiento será antifúngico. La presencia de parásitos se combate con el desparasitador adecuado.
  • Pueden prescribirse desinfectantes como la clorhexidina para mantener la zona lo más limpia posible.
  • Los cuerpos extraños deben extraerse.
  • Las alergias no se curan pero sí es posible tratarlas para mejorar la calidad de vida del perro y controlar la sintomatología.
  • Si tenemos que desinfectar o aplicar tratamientos tópicos puede ser buena idea recortar, con cuidado, el pelo de la zona.
  • En algunos casos se necesitará usar un collar isabelino para impedir que el perro siga lamiéndose la zona afectada, ya que el lamido agrava el cuadro y complica la recuperación.

Bibliografía Carlson y Giffin (2002): Manual práctico de veterinaria canina. Madrid: Editorial el Drac.

Ampliado por el equipo editorial de SoyUnPerro Contenido añadido para complementar el artículo · 14 jun 2026

Qué predispone al perro a desarrollar pododermatitis

Hay perros con más papeletas que otros para acabar con esta inflamación en las patas. Más allá de la causa concreta, ciertas condiciones previas allanan el terreno. La humedad acumulada entre los dedos es una de las principales. Un perro que pasea por charcos, que se baña a menudo sin secado posterior minucioso o cuyas almohadillas transpiran en exceso tiene la barrera cutánea comprometida de forma casi continua, y eso es caldo de cultivo para bacterias y levaduras.

La morfología del pie complica las cosas en muchos casos. Razas con pliegues interdigitales pronunciados o con pelo espeso entre los dedos —el Bulldog inglés y el Shar Pei son los ejemplos más evidentes— acumulan humedad y suciedad con una facilidad pasmosa. La piel se macera, los microorganismos proliferan y el cuadro escala rápido. En estas razas casi nunca hay un único detonante; la anatomía, el entorno y la microbiología forman un bucle que se retroalimenta entre sí.

Un estudio siguió a 20 perros con pododermatitis crónica. En 18 de ellos las lesiones afectaban a las cuatro patas al mismo tiempo, algo que habla del carácter sistémico y recurrente que puede adquirir la enfermedad.

Las enfermedades endocrinas tienen un peso importante que con frecuencia se pasa por alto. El hipotiroidismo y el hiperadrenocorticismo —el síndrome de Cushing— degradan la calidad de la piel y debilitan la respuesta inmunitaria local. Cuando estas patologías no están diagnosticadas, el perro puede recaer una y otra vez sin que los tratamientos tópicos cambien nada de raíz. La investigación publicada en Veterinary Dermatology (2005) documentó que las lesiones crónicas se caracterizaban por eritema intenso, inflamación dolorosa, alopecia y, en los casos más severos, tractos sinusales que drenaban secreción purulenta.

Y luego está el lamido compulsivo. El perro empieza porque algo le pica, la saliva humedece la zona y deteriora más la piel, la inflamación va a más y el picor se intensifica. Vuelta a empezar. En perros con ansiedad por separación o conductas obsesivo-compulsivas, este patrón puede mantenerse mucho después de que el problema original haya desaparecido; el lamido acaba convirtiéndose en el problema en sí mismo.

Métodos diagnósticos para identificar el origen de la pododermatitis

Llegar al diagnóstico correcto requiere un enfoque escalonado. El veterinario no solo necesita confirmar la inflamación interdigital, sino identificar el agente causal para pautar un tratamiento eficaz. Las herramientas disponibles van desde pruebas rápidas en consulta hasta análisis especializados que requieren laboratorio externo.

La citología cutánea suele ser el primer paso. Consiste en tomar una muestra de la piel o del exudado mediante un hisopo, una impronta con portaobjetos o una cinta adhesiva. Teñida y observada al microscopio, permite detectar en minutos la presencia de bacterias (cocos, bacilos), levaduras como Malassezia o un infiltrado inflamatorio compatible con procesos alérgicos o autoinmunes. Es una prueba indolora para tu perro y aporta información inmediata.

Cuando la citología revela bacterias, el siguiente escalón es el cultivo bacteriano y fúngico con antibiograma. Esta prueba identifica la especie concreta de microorganismo y determina a qué antibióticos o antifúngicos es sensible. Resulta especialmente útil en pododermatitis crónicas que no han respondido a tratamientos empíricos previos, ya que evita el uso de fármacos ineficaces y frena la generación de resistencias.

La biopsia cutánea se reserva para casos complejos o cuando se sospechan enfermedades autoinmunes como el pénfigo o el lupus eritematoso. Bajo sedación local, se extrae una pequeña muestra de piel que un histopatólogo analiza para evaluar la arquitectura tisular y el tipo de infiltrado celular. Esta prueba puede marcar la diferencia entre un tratamiento sintomático y uno dirigido a la causa de fondo.

Si la sospecha clínica apunta a una alergia, el veterinario puede proponer un protocolo de diagnóstico alergológico. Las pruebas intradérmicas (inyección de alérgenos en la piel) o los análisis serológicos (detección de IgE específica en sangre) ayudan a identificar los desencadenantes ambientales. Para las alergias alimentarias, la herramienta de referencia sigue siendo la dieta de eliminación: durante ocho a doce semanas se administra una proteína y un carbohidrato nuevos para el perro, monitorizando la evolución de las lesiones.

No deben olvidarse pruebas más básicas pero igualmente resolutivas: el raspado cutáneo profundo para descartar ácaros como Demodex, el tricograma (análisis microscópico del pelo) para evaluar el ciclo folicular, y la palpación minuciosa de los espacios interdigitales en busca de cuerpos extraños o fístulas que puedan pasar desapercibidos a simple vista.

Opciones de tratamiento según el origen de la pododermatitis

Tratar la pododermatitis sin haber identificado la causa es apostar a ciegas, y casi siempre sale mal. El protocolo depende por completo del origen, así que en soyunperro.com hemos reunido lo que la evidencia clínica recomienda en cada situación concreta.

Ante una infección bacteriana, el veterinario pauta antibioterapia sistémica basada en el antibiograma y la complementa con antisépticos tópicos. La clorhexidina al 2-4%, disponible en champú, espuma o toallitas, es la elección habitual. El antibiótico hay que mantenerlo entre tres y cuatro semanas como mínimo, aunque las patas mejoren antes de ese plazo. Bañar las patas con soluciones antisépticas diluidas acelera la recuperación, siempre con un secado cuidadoso después.

Si el cultivo señala a Malassezia como culpable, la estrategia cambia. Las infecciones por levaduras responden bien al miconazol o al ketoconazol en aplicación tópica, en los formatos que permiten trabajar cómodamente la zona interdigital. Cuando el cuadro es extenso o no cede, el veterinario puede añadir antifúngicos orales, aunque su posible toxicidad hepática obliga a una vigilancia cercana.

SECADO, LA CLAVE OLVIDADA

Con una toalla de microfibra o un secador a temperatura suave, seca bien entre los dedos después de cada paseo por zonas mojadas y de cualquier baño. Los espacios interdigitales retienen humedad con facilidad, y ese ambiente cálido y húmedo es ideal para que proliferen bacterias y hongos.

Las pododermatitis de origen alérgico necesitan un enfoque combinado. La inmunoterapia con vacunas de alérgenos funciona bien a largo plazo en la dermatitis atópica, aunque hay que tener paciencia porque los cambios no son inmediatos. Los ácidos grasos esenciales omega-3 y omega-6 refuerzan la barrera cutánea y reducen la inflamación de fondo. En los brotes agudos, glucocorticoides o inhibidores JAK como el oclacitinib pueden aliviar el cuadro con rapidez, siempre bajo control veterinario y durante periodos bien acotados.

Cuando la causa es parasitaria, hay que apuntar al ácaro exacto. Las isoxazolinas —fluralaner, afoxolaner— tanto en pipeta como en comprimido, tienen eficacia demostrada frente a Demodex y Sarcoptes. La mejoría suele verse en pocas semanas, pero el tratamiento no puede suspenderse hasta conseguir dos raspados cutáneos negativos consecutivos. Retirarlo antes casi garantiza la recaída.

Las enfermedades autoinmunes como el pénfigo foliáceo también pueden manifestarse en las patas y requieren inmunomoduladores. Arrancar con glucocorticoides a dosis inmunosupresoras es lo habitual, combinándolos con azatioprina, ciclosporina o micofenolato para ir reduciendo la carga de corticoides con el tiempo. Estos protocolos exigen análisis periódicos y un compromiso real por parte de la familia.

Cuando el lamido compulsivo es quien mantiene vivo el problema, hay que actuar a la vez sobre la piel y sobre la conducta. Feromonas sintéticas tipo DAP, más ejercicio, un entorno que estimule al perro y, si el hábito se ha cronificado, la valoración de un etólogo clínico o la prescripción de ansiolíticos son las herramientas disponibles. Los collares isabelinos y las botitas protegen la zona mientras cicatriza, pero son un parche temporal que no sustituye el tratamiento de fondo.

A la prevención hay que dedicarle el mismo esfuerzo que al tratamiento activo. En los perros de pelo largo, recortar el pelo interdigital es el primer paso. A eso se suman los hábitos del día a día: revisar las patas al volver del campo, tener las uñas bien cortas y pasar toallitas específicas por las almohadillas después del asfalto. Cuatro gestos pequeños que reducen mucho las posibilidades de recaer. Los perros con pliegues pronunciados o que acumulan humedad con facilidad necesitan un extra: un secado muy cuidadoso entre los dedos y polvos secantes específicos para pliegues, o la inflamación acaba convirtiéndose en algo crónico.

IMPORTANTE: Este artículo tiene carácter exclusivamente informativo y no constituye asesoramiento veterinario, nutricional ni conductual. Cada perro es diferente y solo tu veterinario de confianza puede orientarte sobre sus necesidades concretas.

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